Queremos construir futuro, en el presente, con lo que ya está emergiendo en este presente para el futuro. Somos presente y no queremos ser espectadores, desde lo que somos, desde lo que vivimos, poniendo nuestra voz, trayendo todas las voces, en clave de diálogo con la escucha y la participación real, así haciéndonos comunidad, vamos creando esperanza, esperanza para hoy, con los pies en la tierra.
No hablamos de una esperanza abstracta, ingenua o cómoda. No es un consuelo barato ni una espera pasiva. Es una esperanza encarnada, que se construye cada día con gestos concretos, con decisiones que nacen desde dentro, con vínculos que se tejen en lo cotidiano. Es una esperanza que camina con nosotros, se deja tocar, se deja construir.Creemos que la esperanza no se encuentra por casualidad: se cultiva.
Es una actitud, un horizonte, una manera de mirar y de estar. Y se alimenta cuando apostamos por la comunidad, cuando damos espacio a la escucha, cuando dejamos que las heridas se vuelvan puentes, cuando aprendemos a mirar con profundidad, y cuando nos dejamos conmover por la belleza.
Lema del curso
Presente se escribe con H
Objetivo del curso
Queremos crear comunidad, con la voz, la escucha y el diálogo entre todas las personas para hacer crecer la esperanza hoy.
Vídeo del Objetivo
Reflexiones sobre el Objetivo
Esperanza que toca la tierra, que se comparte, que se transforma en esperanza evangélica. Por eso proponemos un itinerario: seis dimensiones cargadas de sentido, seis llaves que abren puertas hacia una forma distinta de vivir y educar, de acompañar y de creer: heart, hear, here, hermano, hogar y horizonte.
En profundidad
En el libro “La esperanza no defrauda nunca”, el papa Francisco, realiza una serie de reflexiones preparatorias al Jubileo que estamos viviendo, cuyo lema es “Peregrinos de la esperanza”. En él, el Francisco invita a mirar la vida con confianza, a redescubrir el valor espiritual y humano de la esperanza cristiana y a vivirla como una fuerza que sostiene y transforma incluso en medio de las tempestades personales y sociales.
La esperanza, dice Francisco, es como una ancla lanzada al fondo del mar: aunque no veamos la orilla, sabemos que estamos firmes y que el Señor nos sostiene. No es optimismo ingenuo ni ilusión pasajera, sino certeza de fe en que Dios cumple sus promesas y camina con nosotros.
El Papa distingue claramente entre esperanza y optimismo. El optimismo se apoya en la fuerza de voluntad o en la idea de que “todo saldrá bien”; la esperanza, en cambio, se funda en la fidelidad de Dios, es esperar algo que ya está dado, no algo que queremos que se dé. No depende de nuestras fuerzas, sino de su promesa. Por eso, el cristiano puede avanzar en medio de la tormenta sin perder el rumbo. Francisco recuerda también que el hombre no puede vivir sin esperanza: sin ella, la vida se vuelve insoportable y la fe pierde sentido.
La esperanza es además el ADN del cristiano, el “documento de identidad” que nos caracteriza como hijos de Dios. Nos impulsa a seguir adelante, nos hace humildes y alegres, y nos recuerda que Dios no defrauda nunca. Vinculada a la esperanza está la paciencia, virtud que el papa Francisco describe como “saber padecer bien”: esperar sin ansiedad, con serenidad y oración, confiando en los tiempos de Dios. En un mundo acelerado, la paciencia se vuelve un signo contracultural de fe.
El Papa señala que la esperanza se fortalece también con la oración, como en la historia del profeta Jonás, que descubre en medio de la tempestad su necesidad de Dios. Francisco nos llama a ser sembradores de esperanza en medio del pueblo de Dios.
En el cuaderno Cristianisme i Justícia, titulado “Del Sínodo al jubileo: construyendo comunidad en diálogo”, escrito por Cristina Inogés Sanz, teóloga y miembro del Sínodo. Cristina reflexiona sobre la sinodalidad como un proceso de conversión personal y comunitaria que nos llama a construir una Iglesia más humana, abierta y en diálogo.
La sinodalidad no es solo un cambio institucional, sino sobre todo una conversión personal. Es una forma nueva de vivir el cristianismo, más humana y comprometida. Supone aprender a escuchar, caminar juntos y redescubrir la fraternidad.
El proceso sinodal no comenzó en 2021, sino el 13 de marzo de 2013, cuando el papa Francisco saludó al mundo con un sencillo “¡Buenas noches!”. Desde entonces, ha impulsado una Iglesia centrada en las personas, no en el poder. Su primera visita a Lampedusa simbolizó esta opción por los marginados.
Francisco quería una Iglesia menos autorreferencial, más humilde y comprometida con los que viven en los márgenes. Su denuncia del clericalismo y del abuso de poder busca poner a Cristo en el centro y promover una comunidad servidora y abierta al diálogo.
El cristianismo, dice Cristina, no debía haberse convertido en una religión de estructuras y jerarquías, sino seguir siendo un estilo de vida inspirado en Jesús: cercano, compasivo y fraterno. “Caminar juntos” implica escuchar a los excluidos —mujeres, pobres, migrantes, personas LGTBIQ+, alejados— y reconocer su voz dentro de la Iglesia. Sin ellos, la sinodalidad pierde sentido.
En la Iglesia católica estamos celebrando el 25º Jubileo en el que el Papa Francisco decidió el lema «Peregrinos de la esperanza«. El Jubileo es un tiempo en el que la Iglesia invita a cada persona a una renovación espiritual y quiere visibilizar la contribución de diferentes vocaciones a la sociedad y a la Iglesia.
En concreto, para la educación, del 27 de octubre al 2 de noviembre se celebra el Jubileo del Mundo Educativo que propone:
- Soñar de nuevo. Escuela como lugar profético. «Mantener encendida la llama de la esperanza que nos ha sido dada, y hacer todo lo posible para que cada uno recupere la fuerza y la certeza de mirar el futuro con mente abierta, corazón confiado y amplitud del Jubileo nos puede ayudar a restablecer un clima de esperanza y de confianza, como signo de un nuevo nacimiento que todos percibimos como urgente». (Del Sínodo al Jubileo)
- «La educación es un acto de esperanza». Llamamiento a la educación para que sea creadora de fraternidad, justicia y paz: Conexión con él desde tres lenguajes:
- Mente: en torno a los retos de la educación hoy.
- Manos: Aldea de la Educación, nuevos modelos y experiencias educativas.
- Corazón: propuesta interior, experiencia espiritual para que la educación se encarne en la vida.
- Educar en la cultura de «Ser testigos de la visión revolucionaria de las Bienaventuranzas, desvelar la belleza, la bondad y la verdad escondidas en cada persona, en cada historia, dar voz a los que no tienen voz y transformar el dolor en esperanza»
- Con los pies en la tierra, en medio de lo de cada día.
- ¿Dónde buscan los adolescentes y jóvenes la esperanza? Tenemos necesidad vital de esperanza. Podemos cambiar los imaginarios sobre el futuro, trabajando en el presente.




